Microrrelatos (2ª parte)

Estos microrrelatos se redactaron en el marco de una actividad en la asignatura Lengua (Español) IV del Grado de Traducción, Interpretación y Lenguas Aplicadas (UVic-UCC y UOC) durante el segundo semestre del curso 2018-19.

Las autoras aparecen por orden alfabético y los relatos están precedidos de un título que es el punto de partida sugerido por la actividad de la asignatura.

Olivia Cara Gamero
Y el eco le contestó

Le grité que se comprara una risa propia, que se buscase una personalidad. Hablé muy deprisa, sin pausas entre las frases, como si mi boca fuera un AK-47 disparando a ciegas en el invierno ruso de aquella nave, pero le daba lo mismo. Ella seguía repitiéndome, igual que todos los días que alcanzaba a recordar, con la misma desgana e imprecisión de siempre.

– Pero ¿¡por qué lo haces?!

– No sé, es que un día leí algo de que la imitación es la forma más sincera de adulación. Y aquí sigo.

– Pues chica, como lameculos eres una campeona, pero déjalo ya, ¿no? Que tampoco soy para tanto.

– Ah, ¿no?

– ¡Qué va! Si hasta me gusta la pizza hawaiana. No tengo salvación.

Y el eco no volvió a contestar.

María Blanca Carrera Pereda
La primera piedra de un faro

Faros. Esas construcciones emblemáticas en ciudades o pueblos costeros. Guiando en las noches más oscuras a multitud de embarcaciones durante siglos. Los faros poseen, sin duda, algo mágico.

Me pregunto si alguien ha llegado a plantearse cómo fue el momento en el que se colocó la primera piedra del faro de Cabo Mayor de Santander. Las personas involucradas en su construcción, ¿eran conscientes de la importancia del mismo y del papel que representaría?

Así fue cómo, con esa primera piedra, el destino de la villa quedó marcado para siempre, transformando el faro en uno de los lugares más mágicos y emblemáticos de la ciudad.

Ana de Frutos Bartolomé
Memorias de un paraguas

¡Qué calorazo! Lo que llevo peor es estar al sol en pleno julio. Este es mi segundo verano aquí, en un rincón del patio de atrás, antes solía salir bastante por ahí, al cine, al teatro…, lo que más me gustaba era pasear bajo la lluvia. Pero hace dos inviernos se me rompió una varilla y aquí me dejaron, arrinconado. Yo creo que la idea era arreglarme, pero, finalmente, sucumbieron a la tentación de comprarse otro. He visto al nuevo alguna vez por aquí, secándose al solecito. La verdad es que es precioso, se nota que es un modelo mejorado, ¡qué varillas! Esas no se van a partir con la primera ráfaga de aire que sople.

Alma García Sánchez
Diario del Aislamiento

Otro día más en aquella enorme ciudad, atestada de gente por todos lados, con un tráfico denso y un ruido abrumador, llena de actividades que llevar a cabo: teatros, cines, museos, gimnasios? Acudía diariamente a su clase de baile con puntualidad. Hablaba con unos, con otros, reía, se divertía, disfrutaba. Era la única cosa que le hacía olvidar la soledad interior que le invadía, la incomprensión total de la persona que dormía a su lado cada noche, el dolor que le hacía sentir los desprecios continuos de su familia y la indiferencia total con la que le trataban sus amigas.

Laura Jacquet Ruiz
Memorias de un paraguas

Apoyado en el hombro de Adeline, el viejo paraguas recordaba su agitada juventud. Siempre había sido recio, cualidad imprescindible para sobrevivir al invierno belga, con su espesa lluvia acompañada de viento pertinaz. ¡Cuánto había reído al ver a sus colegas revueltos por una ráfaga traidora! Curiosamente se había adaptado fácilmente al país sureño en el que Adeline vivía desde la jubilación. No le avergonzaba haberse convertido en sombrilla. Se sentía viril cuando sus reumáticas varillas se estremecían gozosas al calorcillo del sol. El pasado quedaba atrás sin nostalgia, el ajado rosa de su tela contrastaba con su roja pasión por las otras sombrillas que paseaban junto al mar.

Rebeca Kruse Rua
Memorias de un paraguas

La gente camina a su lado, pero nadie le hace caso. Pasan de largo o simplemente eligen a otro. Mientras, él evoca la primera vez que sintió su tacto. Fue un día lluvioso de abril y ella iba con prisa. Fue por eso por lo que le agarró y salió a la calle. Ese fue el mejor día de su vida, las gotas resbalaban por su piel y le encantó sentir el tacto del agua por primera vez. No le molestaba mojarse, solo le importaba ella.

Pasearon toda la tarde mientras ella le agarraba con fuerza. Él se sentía importante y la cobijaba de la lluvia. Y, sin embargo, ahí está ahora, sin importarle a nadie. Lleva esperándola desde hace horas y ya no quedan gotas que cubran su cuerpo, tan solo las que derramaría si tuviera ojos.

En el paragüero únicamente queda un compañero roto, cuyas varillas hacen sospechar que nadie volverá a emplearle, y él mismo. Ana no está en el bar y él solo es un paraguas que quiere olvidar.

Rocío Márquez Gutiérrez
La oración en el taller

Muy pocos conocían su historia, su origen, su edad, su familia ni siquiera en qué lengua hablaba; solo sabían que René regentaba un taller en el centro de Estambul. Era un local muy pequeño, en una de las callejuelas que llevan a la Mezquita. Las puertas de su taller siempre estaban cerradas y a oscuras; como si estuviera abandonado, no obstante, por la noche, el local cobraba vida, y las luces que salían de sus ventanas se reflejaban en la plaza como un baile nocturno, orquestado por un puñado de sombras. René trabajaba por las noches, por lo que nunca se levantaba antes de las cinco de la tarde. No parecía importarle llevar un ritmo distinto al resto de sus vecinos, podíamos decir, que era un ermitaño, nunca hablaba con nadie ni se relacionaba lo más mínimo, sin embargo, todas las tardes antes de entrar en el taller, justo en frente de la puerta, René se paraba y cantaba; cantaba alto, fuerte, vigorosa y repetitivamente, como si fuera una oración.

Muy pocos conocían su historia, tan solo que René regentaba un pequeño taller.

Georgina Méndez Mari
Zarina, la emperatriz rusa con la que se hacía pan

En una aldea remota de Rusia vivía Zarina, la humilde hija de un aceñero que nació en un pajar, bajo las aspas de un molino. El pueblo entero la admiraba por su melena rubia casi dorada que resplandecía con cada paso que daba. Todas las noches, de las puntas del cabello botaban pequeñas espigas que crecían sin cesar mientras dormía. Por las mañanas su madre se encargaba de cosechar el grano y lo limpiaba para preparar el pan más exquisito que jamás nadie había probado. Su popularidad se extendió con tanto ímpetu que hasta las aldeas colindantes empezaron a visitar la panadería. Algunos incluso recorrían largas distancias andando para poder probar tal manjar. Ante semejante maravilla, el pueblo exigió el destrono del emperador y decidió que la joven merecía ser la soberana del país. Desde entonces, Zarina se convirtió en la emperatriz rusa con la que se hacía pan y nadie volvió a pasar hambre nunca más.

Raquel Monclús Carrillo
Memorias de un paraguas

Érase una vez un paraguas, un simple paraguas, de color oscuro y mango de madera. Como no llovía a menudo, se pasaba el día en el armario, oscuro y cerrado. Si fuese una sombrilla, tal vez tendría más suerte, siempre bajo el sol y al aire libre, pero era un paraguas y esa era su suerte. Un día, por fin, la lluvia llegó y cambió su suerte. Pensó: “Al fin terminó la espera y saldré fuera”. Ese día, desgraciadamente, también hacía aire. Una ráfaga de aire sopló y el pobre paraguas salió volando, para no regresar jamás.

María Orozco Lizárraga
La primera piedra de un faro

No sabía que buscaba un faro porque no se consideraba a la deriva, nunca. La feroz necedad del tiempo le constató que la edad trae lucidez, pero también dolor; navegar era eso, luchas inextinguibles, victorias preciosas y búsquedas de faros. Puso la primera piedra para construirse uno, pero las olas y el tiempo la balanceaban de un lado a otro.

Una mañana su cuerpo cambió, creció y abrazó a dos niños extensiones de sí misma. Rodeada de arena, sal, viento, tormentas y melodías entendió que los faros se encuentran: tenía delante a los dos más brillantes en medio de la más oscura noche.